miércoles, 29 de octubre de 2008

Historias de Pizarrón


CUAUTLANCINGO
Dubriel García Rodríguez

Una tarde de noviembre, cuando mi hermana me llamó para ir al panteón a llevarles flores a nuestros difuntos, comentamos cómo había cambiado el pueblo de aquel que conocimos de niños. Después de colocar las flores y mientras ella se quedó callada, tal vez rezando en silencio, caminé entre los sepulcros y descubrí algo que me dejó paralizado. No tuve fuerzas para lanzar un grito, y al punto del desmayo, trastabillé; alguien me tendió la mano y trató de auxiliarme; pasados unos minutos recuperé el aliento y la calma, y a manera de explicación empecé a contarle:
―Esto que te voy a narrar ocurrió hace muchos años en el pueblo. Los lugares perduran, aunque modificados por los hombres y el tiempo: la vieja escuela fue demolida y en su lugar se erige la presidencia municipal. Las personas no se sabe si en verdad existieron, pero están presentes en el imaginario social.
(...)
Todos los días por la mañana, luego de entrar, el maestro nos ponía a leer; no había libros de texto gratuitos, pero teníamos uno titulado Horizontes. Cómo me gustaba leer la historia de los nibelungos, el Cid Campeador, el Rey Arturo, la espada Excalibur. A veces, el maestro hacía concursos de lectura rápida: te ponía a leer durante un minuto y cuando se cumplía, ¡zas!, golpeaba la mesa con el borrador y se contaban las palabras; Hortensia obtenía el primer lugar y yo el segundo. Siempre me intrigó saber cómo lograba leer tan rápido, algún secreto había de tener. Durante el recreo ibas a la caseta de don Tomás. Ahí vendía muy barato: dulces, frutas, chicles, pepitas y “güesitos” de capulín. Tenía un hijo que iba en mi grupo, llamado Agrícolo; a veces no nos cobraba las golosinas. Si nos portábamos bien, el maestro nos contaba un cuento de su amplio repertorio, casi uno diario. Me acuerdo de La Princesa de los Cabellos de Oro, el Príncipe Feliz, Componte mantelito, y Hoichi, el desorejado; también nos ponía a entonar una canción popular de Severiano Briceño:
Llegaron los camperos
con sus guitarras
cantando alegres.
Vienen por los esteros
entre zacate verde
lejos se pierden en los potreros.
Llegaron los camperos.
Cuando llegue la noche
la luna va a alumbrar,
por el claro del monte
lejos se ve llegar.
Una casa de adobe
se esconde en el breñal
ahí está mi campera
la que me va a esperar
En los caminos, cuando te encontrabas con otras personas les debías decir “adiós”, aunque no las conocieras, y ellas te respondían igual, pero cuando se encontraban personas adultas se saludaban de distinta manera: “Buenos días, ¿cómo está usted?, yo muy bien, para servir a usted y a la Santísima Trinidad”, al mismo tiempo se quitaban el sombrero. Otras veces encontrabas a unos toros negros a toda carrera, mugiendo, arreados por sus pastores, me provocaban tanto miedo que rápidamente subía a los bordos y me ocultaba tras un árbol, en tanto mi mano sujetaba con fuerza la espada Excalibur, por si acaso.
(...)

En Cuautlancingo había altavoces tocando música durante el día, también servían para dar mensajes: “se les comunica a todas las personas que en la casa de don Maximino se están vendiendo chicharrones” o, “la siguiente canción está dedicada para el joven Ricardo, que hoy cumple años, de parte de sus padrinos, que mucho lo quieren”. Estos avisos se decían como cantando y había que tener el estilo para anunciarlo; así transcurría la monotonía de la vida en una sucesión de épocas del año: labranza de la tierra, siembra del maíz y cosecha.

De algunas casas pendía una franela roja para indicar que ahí se vendía pulque, bebida del pueblo por excelencia. A veces podías encontrarte a doña Dorotea, tirada en los surcos de la milpa porque se había echado sus pulques, y ya no podía llegar a casa por sí sola.

Un día, jugando al “toro destoque”, un compañero me rompió la camisa y casi lloro, el maestro lo regañó, pero yo seguía con la camisa rota, y eso era una desgracia para alguien que sólo tenía dos camisas; pensaba en la reprimenda de mi madre. Algo vino a salvarme: “Si quieres te la remiendo” ―escuché una tierna voz―, era mi Hortensia, quien ya hurgaba en su cajita en busca del hilo y de la aguja.

(...)

1 comentario:

  1. ¡Bonita historia, Dubriel!

    Supongo forma parte -así como la de la Maestra "Chelis"- del libro que les publicaron con prólogo de connotada Investigadora Educativa y que aún no conozco. ¿Dónde se puede conseguir o ya regálamelo, no? Todo escritor novel debe regalar su obra, para que por lo menos sea conocida y no enbodegada; o digamos que, "debe pagar su derecho de piso".

    Un abrazo.

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