viernes, 28 de noviembre de 2008

Taibo II


“¿De quién es la historia?”, preguntó Taibo II, el popularísimo escritor de este género y del negro.

“El Estado mexicano surgido de la derrota de la revolución dijo: ‘la historia es mía. Yo soy la independencia. Yo soy la revolución. Yo soy Cuauhtémoc. Yo soy el mestizaje. Yo soy Benito Juárez pastorcito (que puede ser indio pero es licenciado, entonces no hay pedo). Yo soy la historia. Puedo meter en el monumento a la revolución a Carranza y a Villa (por eso hay temblores en la ciudad de México), y a Carranza y Calles (por eso hay temblores de su puta madre)’.”

El Estado quiere la historia “porque lo legitima, le da el derecho de hablar en nombre del pasado: ‘soy el propietario de los libros de texto, y los niños héroes eran unos pendejetes, pero son míos; y la Siete Leguas era caballo y no yegua; y el hombre de Tepexpan era feo y chaparrito’, cuando todos saben que tenía curvas y era mujer y cazadora de mamuts.

“Cuando el Estado dijo ‘yo soy la historia’, hizo un discurso aburrido, que nos hizo odiar la historia en la escuela; es el discurso de las estampitas, los nombres de calles y estaciones de metro, de las estatuas pendejas de héroes sin caballo y sin espada y sin ideología; no son los defensores de la revuelta social, son curas bobalicones que toman café en Querétaro y accidentalmente tocaron una campana en Dolores”.

Luego, “la academia dijo: ‘somos nosotros la historia, la seria, la microhistoria, y construyen, por boca de Krauze o Aguilar Camín, una versión light, en la que dicen: ‘El Pípila ni existió’ y toman como modelo a historiadores conservadores que ni siquiera veían las cosas asomados de la ventana, estaban bajo la cama. Construyen una historia ñoña”.

Pero ahora, aseguró Taibo, estamos en una tercera fase: “Se jodieron: la historia no es del Estado, ni de la academia, no es de los especialistas, la historia es de los ciudadanos, porque es derecho sagrado de los habitantes de un espacio territorial tener pasado propio y compartido. La historia es nuestra, es el punto de referencia, es el santoral laico donde ponemos a los que queremos y quitamos a los que no nos gustan; encontramos personajes por los que nos ponemos de pie, como mi general Anaya que dijo: ‘si tuviera parque, culeros, no estarían aquí’; la historia es de unos cadetes enloquecidos que abrieron a putazos los guarda-rifles para intentar una defensa enloquecida, desesperada, en la cual seis habrían de morir; la historia es del general Escobedo, que se dormía montado en su caballo pero al mismo tiempo en Querétaro les partió el hocico a los imperiales por tercera vez; de poetas como Guillermo Prieto, que escribe Los cangrejos para hablar de nuestros vecinos; de Catedral, o de ese palacio (nacional) abandonado porque le tienen miedo al pueblo.

“Queremos a Guillermo Prieto, ministro de Hacienda de la Reforma, que el día que lo enterraron le faltaban botones en el gabán porque no tenía dinero, habiendo administrado la nación, y no a los ladrones de Alí Babá que nos han gobernado desde entonces”. (Más adelante recordó que el actual secretario de Hacienda, Agustín Carstens, dijo, hace cuatro años, siendo subsecretario, durante un debate sobre el IVA a los libros, que los libros eran un producto como los zapatos, y alguien le preguntó que qué zapatos había leído últimamente. “¡Qué ministro de Hacienda tenemos! ¡Alguien que piensa que los libros son como zapatos!”, exclamó Taibo.)

La Jornada del campo.

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