domingo, 23 de noviembre de 2008

Historias de pizarrón


EL MAESTRO: SUS SUEÑOS, SU ESENCIA

Casimiro Agustín Ramírez

¡Perfecto! ¡Excelente! Es lo que yo esperaba, para esto quise ser maestro. Estas frases resuenan aún en mis oídos como si las hubiera pronunciado ayer.

Era una tarde de los primeros días de octubre de 1981, habíamos cabalgado varias horas y, después de una breve y pronunciada subida, por fin llegamos a Huitzilac, Huichila, como le llamaba la gente. Lo primero que vi fue la placeta, así le llamaban al terreno empastado del centro del rancho, y a un lado, pintada de un verde envejecido, sin vidrios en las ventanas y cercada con tarros, estaba mi escuela. La miré emocionado y me sentí un hombre importante: ¡Era yo el nuevo maestro! Enfrente estaban las porterías del campo de fútbol, donde jóvenes y niños jugaban en esa tarde calurosa; a la izquierda resaltaba, por su tamaño, La casa del maestro; cruzando la placeta estaba la cantina, cuyo aparato de sonido a todo volumen parecía darnos la bienvenida con la canción “Niña qué tienen tus ojos…”, de Leo Dan, junto, la casa del director; y más allá, de color blanco, la clínica del IMSS COPLAMAR.

(…)

El primer grado fue mi reto inicial como docente.

La vida transcurría con normalidad entre las clases, juegos de básquet y futbol, y los fines de semana, paseos a caballo por los potreros. Llegó el mes de abril y con él, el concurso académico de zona.

―Profe, creo que mi alumno Ofelio puede obtener un buen resultado ―le comenté entusiasmado al director.

―No se haga ilusiones profe, todos los lugares los obtiene la escuela Aureliana Olivares de Metlaltoyuca y nunca, ningún rancho le ha arrebatado nada ―me contestó dejando entrever su reducido optimismo y poca confianza.

La respuesta me hizo sentir mal, tal vez porque sólo requería una palabra de aliento. Pasados algunos días, después del concurso de zona, recibí la buena noticia:

―Profe, prepárese porque se va con su alumno al concurso regional a Xicotepec de Juárez, pues obtuvo el segundo lugar ―me informó el Rey Salomón, sin ninguna emoción.

Me alegré mucho, de hecho creo que fui el único. Acudimos al concurso regional con todas las desventajas del mundo: mi alumno se asustó al ver, por primera vez en su vida, tantos carros juntos; vomitó durante todo el viaje y se aferraba a su viejo sombrerito de palma, que no quería soltar ni para entrar al salón a hacer su examen. Con gran satisfacción recibimos el veredicto: sexto lugar. Y el alumno que obtuvo el primer lugar de zona no apareció entre los primeros veinte lugares, eso despertó suspicacia ―muy natural en mí― acerca de la limpieza en el manejo de los concursos. Regresamos de noche a Huichila muy felices: Ofelio por ver de nuevo las vacas, el arroyo y las luciérnagas, y yo porque regresé con mi alumno vivo y mi primer triunfo profesional. Como nadie más festejó nuestra sobresaliente participación, y ni una mención merecimos, salvo la que a manera de chisme corrió por el rancho, empezó a nacer en mí cierta inconformidad en la forma de concebir la educación por parte del director. Algo no encajaba entre mi filosofía de la vida y de la educación ―producto de una formación normalista rural― y lo que estaba viviendo en la práctica. Entré en una reflexión profunda. ¿Qué hacer? ¿Me ajusto a este estilo de ser maestro, o hago valer mi derecho a ser diferente?

(…)

En fin, nos dio tanto por el deporte que Oscar, Genaro y yo, le propusimos al Rey Salomón, que con el apoyo de padres de familia, del municipio y de Petróleos Mexicanos, se construyera una cancha de básquetbol; contestó que no, que eso era perder tiempo, y además, él disponía lo que se hacía en la escuela; no hubo poder humano que lo hiciera cambiar de opinión. Ante tal actitud, pensamos en la autogestión: había grava en los arroyos, PEMEX, con mucha presencia regional, donaba materiales a las comunidades que lo solicitaran y, además, existían personas altruistas que podían ayudarnos con dinero. Sólo faltaba la disposición del director, y si no la había, ¿debíamos dejar que las cosas, simplemente no se hicieran? ¡No! Teníamos que intentarlo. Platicamos con los jóvenes deportistas y propusieron hablarlo con las autoridades del rancho para construir la cancha en un espacio común, fuera de la escuela. Las autoridades vieron con buenos ojos la iniciativa y comenzamos los trabajos. Por las tardes se chapeó el terreno, se acarreó grava del arroyo, mecapal de por medio. Poco a poco se sumaron señores, señoras, niños y algunos maestros. ¡Daba gusto ver a la gente trabajando por un beneficio común! Aún recuerdo a doña Julia con su morral lleno de grava invitando a gritos a sus conocidos para que ayudaran; a Lucina, una anciana, con su burrita Carlota haciendo lo propio, y a Nicolás, Arelia, Evaristo, Donato, Lencho y tantos voluntarios sudorosos y satisfechos pero… ¡Nunca lo hubiéramos hecho! No debimos retar la autoridad del director, que por tantos años había ejercido el poder y control absolutos. Sin saberlo, habíamos marcado nuestro destino.


― ¡Esto es lo que me encabrona! ―rugió el supervisor escolar al mostrarnos a Genaro y a mí el escrito que un grupo de padres de familia le había entregado, donde denunciaban que el director de la escuela “no trabajaba y estaba hostigando a los maestros que sí lo hacían”

― ¿Quién carajo les dijo que podían dividir a la gente y crear problemas en una comunidad tan tranquila? ¡Les vamos a fincar responsabilidades! ―nos dijo en una clara amenaza.

Con cada grito se cimbraba la oficina de la supervisión escolar donde fuimos requeridos. Intentamos explicar toda la historia del problema; fue inútil, no había espacio para el razonamiento y el diálogo, y terminamos discutiendo agriamente, sobre todo ante la orden tajante:

― ¡Me suspenden de inmediato las actividades de su canchita y se me dedican a lo que es su única responsabilidad: dar clases! ―espetó el funcionario de ideas cortas y visión reducida sobre gestión escolar.

Abandonamos la oficina, decepcionados y muy enojados. Ante nuestros ojos se había mostrado, sin simulaciones y sin máscaras, la realidad magisterial y los usos y costumbres de la administración educativa en nuestra zona; pero salimos también con una certeza: ¡Teníamos que romper con ese esquema de educación para el pueblo! ¡Nuestra conciencia de normalistas rurales había sido retada!

(...)

La situación se tornó insostenible, el enfrentamiento con el director era abierto. Sin descuidar nuestra responsabilidad en la escuela, el proyecto de construcción de la cancha continuaba en un ambiente radicalizado. Mis compañeros ya no eran los mismos: se fueron Óscar y José; llegaron Reyna, Cristina, Calixto y Orlando; la mayoría nos apoyaba; Jaime y Calixto, por conveniencia etílica, estaban con el director. Como única medida de defensa personal y del proyecto, con encendidos llamados a defender la dignidad, convoqué a reuniones, a través del aparato de sonido de la cantina de don Lalo. Los hombres acudían desde las orillas del rancho, gritando animados y contagiando a los demás; al oírlos se me erizaba la piel y los cabellos de la nuca. Llegaron frente a la casa del maestro no menos de cien personas, para analizar la situación y tomar acuerdos. Estábamos totalmente fuera de lo establecido.

Percibí en la mirada de la gente la confianza ciega en Genaro y en mí; sentí el peso de la responsabilidad y me crecí ante el reto; no podía fallarle a la gente, ¡no a esta gente! Para mí ya no era sólo la construcción de la cancha, sino dejar huella en el alma de esas personas; enseñarles a luchar por sus derechos; a no ser ya humillados ni pisoteados; a mostrarles que el futuro puede ser promisorio, pero que debemos construirlo. ¡Dios, me estoy haciendo maestro, y ya no quiero sólo trabajar de profesor!

En las asambleas de adeptos al proyecto se daba información, se tomaban acuerdos y recibíamos denuncias de actos de corrupción.

─Cuando fui presidente del comité de educación, le pagué al supervisor escolar mil quinientos pesos, para que nos diera a los tres maestros que nos urgían en la escuela; y hasta me dijo que si no los queríamos, tenía a otros comités esperando y que ellos sí estaban dispuestos a pagarle esa cantidad, así que a esos maestros nosotros los hemos comprado, y nadie nos los puede quitar ─denunció con coraje don Chon.

Las estrategias acordadas fueron: desde realizar una marcha mitin en la cabecera municipal, hasta la toma de la escuela por un día.

¡El pueblo, unido, jamás será vencido!

¡Huichila exige solución!

(...)

Eran las once de la noche de un día de enero de mil novecientos ochenta y cuatro, me encontraba en las oficinas de la Sección 23 del SNTE, en la ciudad de Puebla. Llegué por enésima vez desde las diez de la mañana con la esperanza de ―ahora sí― hablar con el secretario general.

Todos pasaron, aún los que llegaron después que yo, incluido ―con aire de suficiencia― el secretario general de Metlaltoyuca. Seguía esperando a pie firme, cuando un auxiliar se acercó a decirme que el maestro no iba a poder atenderme, porque iba de salida. En eso, la puerta de la oficina se abrió y dio paso a un líder impecablemente vestido de traje, con olor a naftalina.

Me encaminé escalera arriba a encontrarlo.

―Ya estoy enterado de tu caso profesor, ya me lo informó tu secretario general ―me espetó en lugar de un saludo y antes de que yo dijera algo ―y de una vez te digo, vamos a realizar una investigación, y si resultas culpable, como todo lo indica, te vas de la escuela y de la zona ―dijo con actitud grotesca, como personaje del infierno de La divina comedia, de Dante Aligheri.

―Mucho se lo voy a agradecer maestro, pues es lo que estoy demandando desde hace tiempo, sin que nadie me haga caso, y si soy culpable, no sólo me voy de la escuela y de la zona, sino renuncio ―contesté con firmeza.

De inmediato se repuso de la contundencia de mis palabras y agregó ―muy bien, ya te informaremos de cuándo y cómo se va a realizar la investigación ―concluyó el soberbio lider sindical.

―Gracias maestro ―alcancé a responder, y salí con una recobrada esperanza: ¡Sí hay justicia! ―me dije animado. Sobra decir que sigo esperando la comunicación, y por supuesto, la investigación.

(...)


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