miércoles, 7 de noviembre de 2007

JUANITA Y LA ORATORIA



Juanita cursaba el tercer grado de secundaria, era muy callada, sus compañeras no le hablaban porque siempre iba sucia, sus zapatos, de tan rotos que estaban, apenas le cubrían los pies, su uniforme todo gastado, pues lo habían usado sus hermanas generaciones antes, su cabello largo, enredado y lleno de orzuela, la piel de sus manos y cara, partida por la resequedad. Para llegar a la escuela caminaba dos horas por esas calles polvorientas y de regreso otra vez.

Al inicio del ciclo escolar repartí diferentes temas de oratoria a los alumnos, quería descubrir las nuevas semillas para cultivar en el difícil arte de la retórica, conciente, de que a todos se les debe dar la oportunidad de participar.
Cuando llegó el turno de Juanita para recoger su tema varios de sus compañeros se rieron: “¡ja, ja, ja, a ella no le de nada maestra, ella nunca habla!”, “¡No la conoce, le dicen la muda!”.
─ ¡Cállense! ─les ordené─ respeten a su compañera, no me gusta que se burlen de nadie.
Luego les expliqué en qué consiste la oratoria, cuáles eran las partes de un discurso y otras cosas más.
La siguiente semana hice un sorteo para que pasaran a decir su tema, ninguno de los alumnos, hasta ese momento, daba el énfasis necesario en sus palabras. Llegó el turno de Juanita, se paró enfrente de todos con las manos hacia atrás, con la mano izquierda apretaba fuertemente el puño derecho, agachada, empezó a decir su tema, no hablaba fuerte, pero cada una de sus palabras hacía que nos estremeciéramos por el sentimiento con el que nos narraba la situación tan miserable, en la que vivía la gente de su pueblo. Al terminar de hablar, sus compañeros le aplaudieron, la felicité, el módulo terminó.
Días después, traté de buscar el momento adecuado para hablar con ella, platicamos atrás de los talleres para que nadie nos molestara, ese lugar de ensayo era llamado simbólicamente: “El auditorio Benito Juárez”, le expliqué, que para hablar frente a un público no debería agacharse sino mirar a los ojos “al monstruo de las mil cabezas”, transmitir sus sentimientos por medio de la mirada, le di varios consejos.
Desde esa semana me reunía con Juanita y otros alumnos para dialogar sobre sus temas. Cuando el lugar estaba ocupado por otros jóvenes para realizar algún deporte, nos íbamos a platicar atrás del salón de primero “A”, ese lugar era llamado por el Club de Oratoria como: “El Auditorio Ricardo Flores Magón”, en realidad era un sitio lleno de tierra suelta, cuado terminábamos parecíamos polvorones pero salíamos muy contentos del trabajo realizado.
Juanita iba mejorando día con día, muy dedicada, pronto superó a los ”gallitos de pelea”, como le decíamos a los oradores con más experiencia en el club de oratoria. Había otro lugar de ensayo, cuando los dos lugares anteriores estaban ocupados, junto a la cooperativa había una cisterna, los oradores se colocaban sobre la plataforma de cemento y exponían sus temas, ese lugar se llamaba: “Auditorio Sor Juana Inés de la Cruz”.
Llegó el día del concurso interno, presenté cuatro oradores que competirían contra veinticinco alumnos preparados por otra profesora.
Juanita había recibido unos zapatos y uniforme prestados por sus compañeras, un día antes le desenredaron el cabello. Estaba en la plaza cívica frente a todos los alumnos y maestros. Empezó a hablar tan hermoso, todavía recuerdo cómo rodaban mis lágrimas por la emoción que sentía al escucharla, ninguno de los oradores participantes podía igualarla, era una campeona, el público la ovacionó como a nadie.
Los maestros se preguntaban: “¿De qué escuela es esa niña?”, “¿La conocen?”, “¡Nunca la había visto!,” “¿Quién es?”, una compañera me dijo: “oye ¿De dónde sacaste a esa niña?, ¿Qué no es ilegal que traigas una participante ajena a la escuela?”
Cuando se acercó y reconoció a la que había sido su alumna en años anteriores exclamó: “¡Pero si es Juanita!, ¡No lo puedo creer!, esa niña nunca habla!, ¡Pero si es una burra!, ¿Cómo es que está ahí enfrente de todos?, ¿Desde cuándo se baña Juanita?”
Estos y muchos otros comentarios de asombro se escucharon ese día.
Poco después, Juanita representó a nuestra institución en el concurso de zona, el jurado dijo que con mucha pena sentía decir que en ese lugar sólo había una oradora, que los demás deberían prepararse antes de presentarse ante un público. Esa actitud nos molestó a todos los asesores porque los jurados no se imaginan todo lo que tenemos que trabajar para preparar a los alumnos. Juanita ganó el Primer lugar, representó a nuestra zona en el concurso estatal.
Por eso nos enteramos que Juanita vivía en una casita de carrizo por donde se colaba el viento. Sus padres campesinos no contaban con lo más elemental para su existencia, ni siquiera energía eléctrica.
Un día su papá fue a la escuela y me dijo que me agradecía haber tomado en cuenta a su hija por ser pobre, le contesté que no era así, su hija había logrado sobresalir por sus propios méritos.
Actualmente Juanita es solicitada por partidos políticos como oradora en sus campañas y ella ha aprovechado esa relación para instalar los servicios públicos en su comunidad.

1 comentario:

  1. Hola, estimado Dubriel!

    Entré a tu blog para ver la invitación a la presentación del libro de Jesús Márquez y me puse a leer otros de los textos que compartes.

    ¿Existe Juanita?
    No pude no percibir la crueldad en las expresiones de la maestra que no la reconocía; también la de los compañeros. Y lo peor, es que esos tratos son reales.

    Felicidades por el trabajo que inviertes para tener este sitio.

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