sábado, 8 de noviembre de 2014

Cuento de Marina Colassanti

En noches de luna llena
Marina Colassanti


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Hubo un tiempo en que la Luna era sólo llena, siempre redonda, visible, igual. Y en ese tiempo hubo una noche en que, avanzando en el cielo, ella se vio de repente reflejada allá abajo, en el agua tranquila de un pozo. Se encontró tan linda, que no importando la distancia, se quiso ver más de cerca. Y desviándose de su camino, se aproximó, se recargó en el borde de la oscuridad, se agachó más, hasta que... ¡¡¡Tchibum!!! Sin saber cómo, se cayó al fondo.
 
La noche se hizo negra como nunca. Callaron los sapos, enmudecieron los grillos. Prisionera por primera vez, la Luna fue obligada a esperar la llegada del día.
 
Y así, presa entre las paredes limosas del pozo, un pastor la sorprendió cuando llegó a la mañana siguiente para dar de beber a sus ovejas. Al principio no pudo creerlo. Miró hacia el cielo, buscó entre las nubes. Solamente brillaba el sol. Volvió a mirar hacia abajo. No había engaño posible. Redonda y blanca, la Luna parecía una boya en el agua, como una yema en la clara.
 
¿Qué hacer para sacarla de ahí? Despacio, cuidando de no atinarle, el pastor bajó la cubeta. Esperó a que llegara al fondo, después la balanceó ligeramente y comenzó a jalar la cuerda. Intentaba pescar a la Luna. Pero la cubeta era pequeña, el asa se atoraba, y la Luna, mojada, escurría como un pez. Veces y más veces intentó el pastor, sin resultado. Cuanto más insistía, más nervioso se quedaba. Y entre más nervios, más difícil se ponía la pesca.
 
Por fin, desconsolado, se sentó. Alrededor, las ovejas pastaban, ajenas a su esfuerzo. El sol ya había avanzado mucho. Cuando la tarde llegase a su fin, no se podría hacer más pero era necesario liberar a la Luna para que iluminase la noche.
 
Entonces, como si la hubiese sacado de su bolsa, tuvo la idea más simple.
 
Rodeó el pozo con los brazos, respiró hondo, y jaló con tanta fuerza que, de un jalón, consiguió ponerlo boca abajo. Se derramó toda el agua, oscura como un río. Y en medio del agua, estaba la Luna rodando por el pasto.
 
Rodó y rodó hasta que se detuvo frente al hocico de una oveja, que viéndola tan blanca y lisa, la engulló de una sola vez.
 
En vano el pastor sacudió a la oveja, en vano la levantó de las patas traseras para obligarla a vomitar a la Luna. Lo que había engullido, engullido guardó. El pastor no tuvo otro remedio que juntar su rebaño y volver al redil.
 
Sin embargo, en la noche, atrancada la puerta, apagado el farol, el pastor se dio cuenta de que el redil continuaba iluminado. Era la oveja comelona que brillaba, con la luz de la barriga traspasando piel y lana.
 
Ladraba el perro, se agitaban las otras ovejas. Nadie iba a poder dormir con aquella luz. El pastor agarró a la oveja, se la echó a la espalda, y se la llevó a otro lugar. Y después de arrojarla a la paja, regresó, atrancando la puerta del redil finalmente oscuro. Con el silencio, se dispuso a dormir.
 
Todos dormían profundamente cuando el lobo, que vagaba en la noche en busca de comida, pasó cerca de ahí. Notando una luz donde siempre había visto oscuridad, se aproximó rápidamente. Se agazapó tras un árbol, se deslizó por atrás de un arbusto y casi se arrastró hasta encontrar a aquella oveja, más blanca que cualquier otra, que dormía indefensa. Y de un salto, antes de que pudiese despertarla, la devoró.
 
Ahora, con la oveja y la Luna en la barriga, era el lobo el que brillaba. Pero sin saberlo, seguro de que se confundía en la oscuridad, continuó sus andanzas. Y andando, se aproximó a una aldea.
 
Más que el aullido, fue la extraña claridad lo que alertó al cazador. Hacía tiempo que recorría los bosques detrás de ese asesino de rebaños. He aquí que ahora lo tenía a su alcance. Levantó el fusil. Por más que se agazapase el enlunado lobo era un blanco fácil. De nada le sirvieron el tronco de árbol y las ramas de arbusto. Bastó un tiro, y ya estaba muerto y estirado.
 
La luminosa piel fue un mejor trofeo de lo que el cazador había esperado. Pero, en cuanto rasgó la barriga del lobo con su cuchillo, se apagó la piel. La luna, una vez más, rodó blanca sobre el pasto.
 
Blanca, redonda y húmeda, fue fácil para el cazador confundirla con un queso. Y anticipando la alegría de las cuatro hijas que dormían en casa, la guardó en su morral.
 
Clareaba la mañana cuando el cazador depositó la Luna sobre la mesa de la cocina. Hirvió la leche, partió el pan. Las niñas, todavía de camisola, esperaban. Entonces, él tomó el cuchillo y cortó a la Luna en cuatro pedazos, de acuerdo con el tamaño y el hambre de cada una. La mayor ganó el pedazo más grande; el otro fue para la segunda; otra más chica tomó el tercero y la hija más pequeña, se quedó solamente con una tajadita delgada.
 
Se comieron todo. No quedó nada en los platos. Y con sus pedazos de Luna en la barriga bajo sus camisolas blancas, se fueron a jugar al lado de la casa.
 
Aquel día jugaron, volvieron a jugar al día siguiente. No sabían que la Noche, cansada de la oscuridad, había decidido llevarse de regreso a la Luna.
 
Al tercer día, las niñas saltaban la cuerda en el pasto, cuando un águila blanca fue descendiendo en círculos desde lo alto. Una veloz bajada, las garras clavadas en la ropa de la mayor, y allá se la lleva hacia el cielo. Luego, bajó una cigüeña blanca y agitando sus grandes alas, agarró a la segunda con el pico, subiendo con ella hacia el azul. Descendió una gaviota blanca para buscar a la tercera. Y una paloma blanca se llevó cargando a la más chiquita.
 
El águila voló, voló, voló. La cigüeña voló, voló, voló. Y voló la gaviota. Y la paloma voló. Hasta que llegaron al gran manto de la noche, donde, abriendo garras y picos, depositaron a las hermanas.
 
Allí viven ellas hasta hoy, turnándose para iluminar la oscuridad. Hay noches en que la mayor se queda despierta, mientras duermen las otras. Hay noches en que la pequeña está en vigilancia, o la de enmedio. Y hasta existen noches en que todas duermen abrazadas, y la única luz visible es la de las estrellas. Pero las noches más bonitas son aquellas en que las cuatro se quedan despiertas, y como en aquel lejano día, juegan a la ronda, girando y tomadas de la mano en el cielo. Es cuando, mirando desde aquí abajo, vemos a la Luna completa, redonda, llena. Como era antiguamente.
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