jueves, 24 de diciembre de 2009

Historias de pizarrón 2


UN DISFRAZ

Araceli Castillo Contreras

Una tarde regresaba del trabajo más cansada que nunca; había sido una jornada difícil, llevaba la garganta destrozada de tanto hablar, y los pies adoloridos y pesados como dos plomos. Pasé a la casa de mi madre a recoger a los niños.

―Ya vine mami, ¿algún recado?

¡Sí! Casi lo olvido, mañana, Nes tiene que ir disfrazado.

¡Dios, sólo esto me faltaba! Con la cantidad de trabajo que llevo a casa: exámenes para calificar, la comida, el bebé. ¡Encima hacer un disfraz! ¿De qué tiene que ir disfrazado?

¡Aah no sé!, pregúntale a él.

―Mi maestra dijo que de lo que sea, como nosotros quiéramos ―Dijo Nes, muy seguro.

¿Y cómo quieres ir? ―Le pregunté mientras lo abrazaba y le daba un gran beso en la mejilla.

¡De vampiro mami! ¡De vampiro! ¡Como la otra vez!, y ya no necesitas hacer otro disfraz ―Me dijo emocionado.

¿Estás seguro de que puedes ir disfrazado de vampiro?

― ¡Sí!, mi maestra dijo: “de lo que quiéramos”. Y yo quiero ir de vampiro, y voy a chuparles la sangre a todas las niñas ―Dijo extendiendo los brazos y mostrando los dientes.

A la mañana siguiente, antes de que el sol saliera, pasé a dejar a los niños con mi mamá. Ya llevaba listo el disfraz: un traje negro con camisa blanca, y una capa de satín muy planchadita, misma que un mes antes había confeccionado. Era negra por fuera y roja por dentro, con su cuello rígido muy almidonado y un gran moño rojo completaba el atuendo, mismo que haría juego con las gotitas de sangre en el rostro de Nes, que más tarde la tía Paty pintaría con labial. ¡Qué ganas de verlo con su disfraz! Pero las mujeres, en la profesión de maestras, muchas veces nos perdemos los mejores momentos de nuestros hijos. Preparamos con nuestros alumnos poesías y hacemos que las repitan hasta que se escuchen mejor, para que se luzcan ellos y las disfruten sus padres. Cuántas veces, bajo el sol, ensayamos una y otra vez un bailable para festejar a las madres en su día. Y de las actuaciones de nuestros hijos nos conformamos sólo con alguna foto o el relato de la abuela o la tía.

Al despedirme dejé mis recomendaciones de última hora:

―Tu tía Paty te va a peinar como el chiquidrácula, no la hagas esperar. ¡Obedécela!

―Mi tía siempre camina rápido, rápido, junto con sus amigas de sexto.

Es para que no lleguen tarde ―le dije para animarlo.

Es para ir chismoseando.

― Platicar con las amigas no es chismosear ―le dije sonriendo.

¿Hoy tampoco vas a ir a verme? ―me preguntó en tono de reproche.

―No puedo mi amor, tengo que estar en mi escuela, mis niños se van a quedar solos si no llego.

―Siempre no vas a verme ―me dijo a punto de llorar.

―Hacemos un trato, ¿si?

― Bueno…

― Prometo que para la próxima vez pido permiso y te acompaño, mientras, haz todo lo que diga tu maestra.

―Sí mami, que te vaya bien.

Ya de regreso, por la tarde, moría de ganas por llegar. La tía Paty me contaría cómo les fue ese día en la escuela.

Tu hijo anduvo chupando a las niñas, las correteo todo el tiempo; levantaba sus brazos para que le volara la capa; fue el centro de atención; todo mundo lo miraba y se moría de la risa. Y yo quería que me tragara la tierra de pura vergüenza.

Pero… ¿Por qué? ¿Qué no todo el grupo fue disfrazado?

― ¡Sí!, y presentaron una pastorela, pero… ¡Tu hijo fue disfrazado de vampiro y se chupó a la Virgen, a San José, a los borreguitos y hasta al mismo diablo!

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