martes, 6 de marzo de 2012

Por una “instantánea” de la memoria de la infancia…

Luis Hernández Montalvo 
Luis Hernández Montalvo
A ciencia cierta, no sé si a varias personas les ha ocurrido lo que a un servidor.
En la lejanía del tiempo, allá, en los primeros años de la década de los sesenta, observaba ese mundo raro y a la vez novedoso llamado escuela, con sus rituales que fueron antes y que siguen vigentes, tan actuales y tan vivos que sobrevivirán por muchos años, décadas y no estoy seguro que se prolonguen por siglos.
Es probable que me cueste trabajo recordar los gestos cotidianos de mis maestros y maestras, pero la memoria se encarga de guardar celosamente algunos recuerdos que marcaron nuestra vida futura.
Por ejemplo una “instantánea de la memoria” que recuerdo es aquella en que otra maestra o maestro sustituía a su compañero de trabajo por unos minutos para confiarnos en secreto la fecha del cumpleaños de nuestros maestros para que le lleváramos un regalo. Como éramos niños de primer grado, se tomaban otros minutos para ensayar las “mañanitas”, así, mi maestra Irma, recogía tantos regalos que no cabían en su automóvil.
Todos debíamos llevar regalo, incluso los niños más pobres como era mi caso, mi madre me envolvía un jabón Palmolive en papel de china. El jabón de color verde; en cuya envoltura se decía que había sido elaborado con aceite de oliva, llegaba oloroso a las manos de mi maestra, de la que estaba perdidamente enamorado en un secreto absoluto, sobre todo cuando llegaba en su diminuta minifalda –con pleonasmo y todo-.
Cuando uno es pobre, hijo de un obrero –mi padre fue obrero de la empresa embotelladora de refrescos Peñafiel-, no podía aspirar a ser escolarizado más allá de los primeros tres años de la escuela primaria y mucho menos hacer estudios de secundaria y una carrera como la de maestro de escuela-, sin embargo; a esta corta edad, entre los nueve y once años; ya me hacía cargo de ir a traer un costal de más de 50 bolillos al restaurante del presidente municipal el Ingeniero Luis Arjona Pachner, -entre 1963-65- por este servicio, recibía un bolillo y un peso de salario diario que se sumaba a otro peso diario por barrer el frente del Jardín de Niños Federico Froebel, propiedad de las maestras  Blanca y Coty. Mi casa se localizaba en la calle de Héroes de la Independencia, -que en aquel tiempo tenía el número 33- y solo tenía que cruzar la calle para barrer antes de las siete de la mañana, antes de ir a la escuela.
A la semana contribuía a la economía familiar con 15 o 20 pesos. Y el que escribe esto, ya se sentía importante, porque a lo anterior, por pagar cinco o siete pesos, mi madre adquiría los desayunos escolares que los niños no consumían, así, en la casa no faltaba fruta, leche, frijoles refritos y guisados.
Pero no eran las únicas influencias que recibía a esta corta edad. A los cinco años ya había hecho la primera comunión, y a la vez que estudiaba la segunda parte del catecismo del padre Ripalda, enseñaba a otros niños y salvo mi abuela que había militado en el movimiento cristero, nadie en la casa –menos mi madre que solo me acompañaba a la misa de gallo del 24 de diciembre porque salía de pastor del nacimiento de la iglesia del ex convento franciscano de la ciudad, sí, salvo en esa ocasión, nadie en la casa se interesaba en los asuntos de la iglesia.
A los siete años -4 de octubre de 1961-, aprovechando la presencia de los padres de San Francisco en Tehuacán, me fue impuesto el cordón y el hábito de la Tercera Orden Franciscana.
Esta era la otra opción de mi vida futura, pero no me convencía cuando nos explicaban lo que significaba ser heraldo franciscano y llevar en el cinto el cordón con los tres nudos que eran: pobreza, obediencia y castidad.
Los dos primeros requisitos no me importaban tanto, tal vez porque ya los vivía, pero el de castidad, ese si me preocupaba, porque la castidad, significaba en mi corta comprensión que no me casaría y que no tendría hijos, que no podía aspirar a una mujer. Me gustaba la iglesia y la vida conventual, pero a la vez, me daba miedo y desconfianza, sobre todo, cuando mis maestros me mostraron otros ejemplos de civismo y patriotismo en ello, don Pedro Martínez Morales, jugó un papel muy importante que me alejaban de la Iglesia, que ahora, mis catequistas y maestros del Colegio Benavente, intentaban llevarme becado a su escuela; pero para entonces, la figura de Benito Juárez ya ocupaba un papel muy importante en mi formación.
No menos influyente fue el trabajo de mi padre, pero mi madre que ya padecía el  alcoholismo de este, se resistía a que mi destino fuera el de obrero, aunque empecé a leer el periódico sindical de la CROM “Germinal” que mi padre llevaba cada fin de semana, después de las sesiones dominicales y las guardias nocturnas en los días de huelga, el llamado a la fábrica era diario, sobre todo cuando nos quedábamos en San Nicolás y escuchaba la sirena en el cambio de turnos, cuando entraba a cobrar el salario de mi padre o cuando entrábamos a tomar un refresco.
No tuve que esperar mucho tiempo para disipar mi futuro. Ya instalados en San Nicolás Tetitzintla, mis maestros hablando con mi madre, le informaron que podía estudiar para maestro en una “escuela para pobres, hijos de campesinos” en la población de Champusco,  por el rumbo de Atlixco, Puebla. A los catorce años empecé a recorrer otras poblaciones que me provocaban asombro, sobre todo cuando conocí la ciudad de Puebla y los volcanes cubiertos de hielo. Eran los días del Rock and Roll y en la radio sonaban con fuerza Julia, los Hermanos Carreón…
Para esto, mi madre empeñó algunas prendas de oro que había comprado en su soltería, cuando trabajaba como ama de llaves en el ingenio de Carlos A. Carrillo, Veracruz, luego las malbarató, le siguió su máquina de coser, un terrenito, algunas gallinas y su trabajo, tal vez por eso, cuando recibí mi primer salario acumulado durante tres meses, se lo entregué íntegro, quedándome solo con lo indispensable para sobrevivir como profesor en una población alejada de la casa paterna.
Debo decirles que no terminé mi carrera en Champusco. En 1970, continué mis estudios secundarios en la Escuela Técnica Agropecuaria de Zaragoza, pues el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz cerró 14 de las 28 Escuelas Normales Rurales del País. En junio de 1975, termine la carrera de Profesor de Educación Primaria.
A la distancia del tiempo, llevo 37 años de servicio en la docencia, soy maestro por la terquedad de mi madre y por el esfuerzo propio, por la intervención de mis maestros. El próximo día 9, mi madre cumple un año de haber muerto. No me casé, conocí a varias mujeres a las que quise y me quisieron y soy padre de una hija que me llegó como regalo, “como el don preciado de Dios”
Tampoco he recibido regalos o reconocimientos –miento en el primer año de trabajo, una anciana que se decía mi comadrita en Tlaltepexi, me alcanzó entre el bullicio de mis alumnos para regalarme dos aguacates verdes y en la escuela de Lomas de Castillotla, un niño me regaló una pluma Shifer un 15 de mayo, pero nunca vi las montañas de regalos.
En cuanto a los estímulos, solo he recibido un cheque por 800 pesos durante el gobierno de Melquiades Morales, una moneda de plata y un diploma de media cartulina por mis 25 años de servicio.
He intentado reclamar los estímulos que me corresponden por ley por mis 30 y 35 años de servicio, pero los empleados de la SEP del estado de Puebla, me dicen que no es posible porque no tengo expediente. Tengo alguna esperanza, alguien lo ha visto recientemente, no en el archivo general, sino en el archivo del Departamento de Recursos Humanos de la dependencia. ¿Cómo pueden extraviarse los expedientes en solo cinco años? De esto escribiré algún día.

hernandez_luis21@yahoo.com.mx
@luishernandezmo

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