domingo, 15 de mayo de 2011

Historias de maestros


JUBILACIÒN
Celestino Reséndiz Castañeda


Por días cumpliría veinte años de edad, cuando terminé mis estudios para ejercer como profesor normalista rural. ¡Qué etapa tan feliz la juventud! Ni el tiempo pasa, todo es amor, gozos, bienaventuranzas. Por esos días mi hermano Ausencio, (q.d,e,p.), me dijo: “Estás muy chavo para trabajar, estudia otra carrera; te quiero ver en la máxima casa de estudios de México, la universidad”. Hice el intento, él me acompañó en varias ocasiones al Distrito Federal, a realizar los primeros trámites. Me solicitaron la carta de residencia en la ciudad, y como no pude obtenerla de inmediato, pasó el período de exámenes de admisión, y ahí se quedó todo. 
(...)
No digo deben darnos, porque si como profesor cumplí con mi deber lo mejor posible o instruí al menos, me siento bien pagado. Hoy primero de noviembre de dos mil seis, después de cuarenta y seis años de servicio docente, dejo el magisterio para dar paso a sangre nueva, a mentes y cuerpos hábiles y fuertes, capaces de resistir incomprensiones, sufrimientos, abandonos, exigencias, vicisitudes que sólo el maestro con estoicismo y mística ha podido sobrellevar en su tarea. No me siento cansado. Si en las escuelas encontré satisfacciones que me dieron vida, buscaré en adelante nuevos escenarios de aliento.
   Acá entre nos… como dice la canción, nunca imaginé las dificultades que encontraría en el proceso de jubilación.
   Caminé de un departamento a otro, peleándome con todos en la Secretaría de Educación Pública. Me encontré con situaciones absurdas, trampas, necedades y actitudes de mala fe, al solicitarme papeles de toda la vida. Sólo faltó que pidieran mi fe de bautismo.
   ─Señorita ─le dije a la persona que revisaba mi expediente─ me dieron el estímulo económico por cuarenta años de servicio, por lo tanto, está comprobado el tiempo de trabajo, aquí está mi diploma y documentos de los últimos seis ciclos escolares.
   ─Profesor, debe integrar de nuevo su expediente ─me contestó malhumorada.
   ─Ahí están mis papeles, no tengo más ─le dije un tanto molesto.
   ─De los años tales y tales, sólo tiene constancias, no son válidas ─hablaba para sí mientras revisaba mis documentos─ traiga usted los talones de cheque de los años sesenta ─ordenó.
   ─Es usted muy joven señorita ─respondí con amabilidad─ en esos tiempos el pago se realizaba en efectivo.  
   Se me quedó mirando, tal vez buscando otra objeción. Revisó con más detenimiento.
   ─Entonces debe usted traer, la Hoja Única de Servicios de los estados en que ha prestado sus servicios: Baja California, Veracruz, Oaxaca y Puebla.
   ─ ¿Volver a esos lugares tan lejanos, sólo por un documento? ¡No es posible! ¡No asimilo tal exigencia! ─dije sin esperar respuesta.
   ─ ¡Comprenda profesor, su expediente…! ─era evidente que alzaría más su tono de voz.
    ─Sí, la entiendo señorita ─hablé mesurado para no incomodarla más─ lo que no me cabe en la cabeza, es cómo, a estas alturas de la tecnología, con teléfono, fax, Internet y no sé cuánto más en comunicaciones, tenga que viajar tantos kilómetros por un documento, además, por esos lugares ya ni existo.
   ─ ¡Pues tiene que hacerlo! ─expresó, y siguió realizando su quehacer.
   Después de más peripecias, y de renegar hasta conmigo mismo, fui a la ciudad de Jalapa, Veracruz; la señorita que me atendió, al revisar mi expediente, expresó:
   ─ ¿Qué en Puebla son muy brutos? ¡Pudieron haberlo hecho allá! Espere un momento, haré el documento ─me dijo amablemente.
   En minutos me entregó la mentada Hoja de Servicios; la SEP del estado de Baja California resolvió mi problema sin tener que realizar el viaje; en Oaxaca no contestaban mis llamadas, pero ir allá, ¡mangas!, mínimo me convencían y me volvía revolucionario. Esperaré ─me dije.
   Andando en estos trajines de jubilación, continuamente me encontraba a una maestra de escuelas primarias realizando los mismos trámites, con manifiesta preocupación y agotamiento, arrastrando sus pasos por la SEP.
    ─Ya no encuentro papel alguno para comprobar el año de trabajo que me indica, sólo encontré esto  ─manifestó la maestra con voz pausada esperando auxilio.
   Entregó la lista de asistencias  del grupo al que dio clases en el año indicado.
    ─Tiene la fecha, sello de la escuela, firma del señor director, mi firma de recibido, las asistencias y faltas de mis alumnos  ─dijo con la esperanza de que tal documento pudiera comprobar el año de trabajo.
   ─ ¡No  tiene ningún valor! ─expresó cortante el que la atendía.
   La profesora hizo un gesto de decepción y movimientos negativos con su cabeza en la que los inviernos dejaron huellas en hilillos de nieve. Las lágrimas rodaron por sus mejillas arrugaditas, donde se reflejaban sonrisas de niños e ingratitudes de adultos. Ella,  que dio toda su vida a la educación, ahora necesitaba descansar.
   ¿Estaremos bien recomendados los maestros ─reflexioné─  que hasta en la SEP nos creen mentirosos y transas? ¿Será que algunos profesores trabajan de vez en cuando y piden su jubilación para seguir succionando sangre, como sanguijuelas? Puede ser, “entre gitanos no se leen la mano”. ¿No llevarán a lo largo y a lo ancho del territorio nacional, un seguimiento minucioso y estricto del personal?
   En el gran patio, ombligo de la educación del estado de los Hermanos Serdán, estoy platicando con mi pensamiento. Por allá me siento bajo una sombra. Saco de mi portafolios algunos diplomas, reconocimientos, constancias de cursos, diplomados, notas laudatorias. Los hago trizas con coraje, ¡Todo esto valió pura… nada! Me digo encabritado. Deposito la basura en su lugar y sigo cavilando o tal vez soñando: “Unos días más, cortarán mis sueldos, cero entradas al hogar y miles de necesidades que cubrir”. Veo entrar a jovencitos gallardos, señoritas briosas con folders bajo el brazo, llevan en sus bolsillos sólo esperanzas, buscan trabajo. Me recuerdan caminos andados. ¿Por qué todo un año sin pago a un profesor al jubilarse? Ya dio todas sus fuerzas y toda una vida en educar e instruir a la niñez y juventud para mejorar a un pueblo. Tiene derecho a comer y seguir viviendo. A nadie, en ningún lugar, le regalan algo. A cualquier trabajador  de una empresa, sea de producción o servicios como en el caso de las escuelas, al profesor; le fueron descontando de su sueldo para el retiro, pago de marcha y otras prestaciones: ¡fue dinero contante y sonante! Y el dinero produce dinero. ¿Dónde está? ¿Será demasiado difícil hacer las cuentas para saber qué migajas le tocan, para al menos comer el resto de sus días? ¡Con tanta tecnología y tarda un año! ¿Qué ha hecho nuestro sagrado sindicato al respecto?
   Si el maestro joven, desde que empieza a trabajar, supiera que con su ahorro, más tarde sus hijos obtendrían una beca para sus estudios y que el pago de marcha fuera “cayendo el muerto y soltando el llanto”, todo maestro daría el alma en su trabajo y otro gallo nos cantaría.
Celestino Reséndiz Castañeda; Lázaro Cárdenas, Zimapán, Hgo. 1940. Oceanólogo por la Benemérita Universidad Autónoma de Baja California; profesor de Educación Primaria por la Escuela Normal Rural, El Mexe, Hgo; diplomado en Gestión escolar y calidad por el Instituto de Administración Pública del estado de Puebla; Delegado al Congreso de Pedagogía 2009, en la Habana, Cuba; publicó “Remembranzas del camino”, ACD 2000; coautor de Historias de pizarrón, BUAP-SEP, 2008. Maestro jubilado.

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