domingo, 15 de abril de 2012

las vacaciones en los Tuxtlas

 Un paseo por la selva siempre es gratificante. En el primer plano se observa una epífita y al fondo una cascada.
 La cascada te gratifica con una brisa fresca.
 El calor te agobia, hay que tener cuidado con los insectos o te llevarás una sorpresa. Me acordé de Cuentos de la selva de Horacio Quiroga.


 
Escritor y poeta uruguayo, Horacio Quiroga está considerado uno de los maestros del relato corto en español.

Comparado a otros grandes cercanos al horror como Edgar Allan Poe, Quiroga comenzó su carrera literaria ligado a la poesía tanteando los estilos de la época, como eran el simbolismo o modernismo.

 Tras viajar por toda Europa, Quiroga se estableció en Buenos Aires, donde escribió y publicó antologías como Cuentos de amor, de locura y de muerte,  La gallina degollada y otros cuentos o Cuentos de la selva y otros relatos.

 La vida de Quiroga se movió entre lo trágico y desafortunado, siendo causante de la muerte de uno de sus mejores amigos y también por sus problemas con todas las empresas económicas en las que participó.

 Quiroga murió en Buenos Aires tras suicidarse al conocer que padecía un cáncer de estómago.
(http://www.lecturalia.com/autor/5335/horacio-quiroga)

El Loro Pelado
Fragmento


Había una vez una bandada de loros que vivía en el monte.
          De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
         Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después se pudren con la Lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comerlos guisados, los peones los cazaban a tiros.
          Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo Llevó a la casa, para los hijos del patrón; los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se Llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y les hacía cosquillas en la oreja.
         Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.
         Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar.
         Decía: "¡Buen día, lorito! "¡Rica la papa!" "¡Papa para Pedrito!..." Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras...
 


Luego me fui a comer un pescado mientras un duo cantaba algo de Agustín Lara que decía: "...palmeras borrachas de sol..."

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